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La sombra del burro

España se queda atrás en Múnich

Merz citó a Alemania, Francia, Reino Unido, Italia y Polonia como los "líderes europeos"; ni rastro de España. Sánchez ejerció de antagonista a contracorriente: su soledad viene sencillamente de que en Europa nadie recoge su hilo

España se queda atrás en Múnich
Patricia Bolinches
Actualizado 

Europa se encuentra en un estado de máxima incertidumbre y confusión. Durante décadas vivió en la ficción confortable de que el derecho internacional y la integración comercial formaban una arquitectura de paz: el martes se cumplirán cuatro años del momento dramático en el que Rusia invadió Ucrania y desmontó esa premisa. La presidencia de Donald Trump, las invectivas de JD Vance y la amenaza sobre Groenlandia han terminado de despertarla en una realidad dominada por la política de poder, el retorno de las esferas de influencia y la disputa por los recursos naturales y las cadenas de suministro.

La trascendental Conferencia de Múnich constató que los líderes del continente por fin han entendido el mundo que viene, aunque siguen sin traducir su diagnóstico en decisiones operativas. El Salón de Espejos del Hotel Bayerischer Hof, el elegante teatro de reflejos art déco que sobrevivió al bombardeo de la Royal Air Force en la Segunda Guerra Mundial, se convirtió en San Valentín en el epicentro del nuevo desorden. Los europeos están reconociendo poco a poco que la melancolía no es una estrategia. Como dijo en Davos el primer ministro canadiense, Mark Carney: "Si no estás en la mesa, estás en el menú". Si seguimos asistiendo como espectadores sentimentales al cambio global, acabaremos a merced de las potencias que compiten por la hegemonía: EEUU y China. Y esto implica emanciparse.

La mejor noticia para Europa ha sido la emergencia de un liderazgo sobrio y realista, aunque a merced de no pocas debilidades internas. Frente a la estrella declinante de Emmanuel Macron, el canciller alemán Friedrich Merz llegaba a Múnich tras tejer en el castillo belga de Alden Biesen un concordato decisivo con la italiana Giorgia Meloni para desbloquear la competitividad europea, a través de la desregulación y el mercado único, y formalizar una UE «a dos velocidades», en la que un directorio avance sin esperar a que los 27 se pongan de acuerdo. El que me quiera seguir, que lo haga.

No parece que España tenga la voluntad política de hacerlo: escuchar a Pedro Sánchez en Múnich fue sentirlo en un desajuste histórico. «Allí donde se requiere agilidad, avanzamos en pequeños grupos con el E3, es decir, con Alemania, Francia y el Reino Unido, pero también con Italia y Polonia, que son los líderes en Europa», afirmó el canciller alemán en su discurso. Ni rastro de la cuarta economía del euro en el corazón transformador. Sólo una vez se refirió a España. Fue cuando arrancó una frase con «todos los aliados» y luego se corrigió a sí mismo: «Casi todos los aliados se han comprometido a invertir en defensa el 5%». Casi: España. Merz no tiene la épica de un Winston Churchill, ni el carisma de un Konrad Adenauer de nuestro tiempo, pero no se le pueden negar claridad y sentido práctico. Es él quien encabeza la premura de guiar Europa hacia una realidad política, económica y militar que le permita ejercer el poder duro en esta nueva era y también competir e innovar para preservar nuestra manera de entender la vida.

El eje de Merz es que el europeísmo moral y retórico no puede ya sustituir a la capacidad estratégica porque Europa tiene que aprender a vivir en un mundo en el que el paraguas estadounidense ha dejado de ser incondicional. Lo resumió ayer Ana Palacio: «Se trata, pues, de refundar la relación transatlántica para que no brote exclusivamente de la voluntad, siempre contingente, de un individuo». Esto es: de reequilibrar la alianza, todavía indispensable, mediante un pilar europeo «fuerte y autosostenido dentro de la OTAN», en palabras del canciller. Al abrir conversaciones con Macron sobre disuasión nuclear, Merz sugiere una quiebra permanente de la confianza. El discurso civilizacional de Marco Rubio, recibido con un aplauso de alivio más frío y distante de lo que se ha descrito, vino a darle la razón al imponer condiciones culturales al vínculo atlántico, en torno a una Europa más fuerte militarmente, más soberana en fronteras e industria, menos dependiente de reglas e instituciones que no funcionan y alineada con EEUU en la competencia tecnológica y geopolítica.

Sánchez compareció como si él pudiera hablar en un lenguaje distinto al de la Europa obligada a reconfigurarse. Allí dijo que lo que hace falta es un «rearme moral». El marco contracorriente de su intervención quedó desvanecido en vivo por la periodista Hadley Gamble: «Spain is lagging behind». «España se queda atrás», le espetó, una crítica estructural que se celebró en la sala con hilaridad. El tenso contraste en el mismo panel con las urgencias con Rusia y el Ártico del presidente finlandés, Alexander Stubb, y de la primera ministra danesa, la socialdemócrata Mette Frederiksen, escenificó el desplazamiento del centro de gravedad europeo hacia el norte y el este, con una agenda más dura en defensa, más liberal en competitividad y menos receptiva a la inmigración y la visión expansiva del Estado que defiende Sánchez, empeñado en el papel irrelevante de antagonista dogmático. La soledad del presidente viene sencillamente de que nadie recoge su hilo. Frederiksen, que no disimuló su distancia con él, le recordó el flanco sur.

No lo dijo ella, pero analistas muy destacados pronostican una activación rusa de las turbulencias en el Sahel si se estabiliza el frente de Ucrania. Y ningún país está más cerca de África que España: apenas a 700 metros.

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